Ulises Gutiérrez
Ojos de pez abisal
Bisagra, Huancayo. 2011
Ulises Gutiérrez es un autor relativamente joven en la literatura peruana -tan solo con un libro de cuentos en su haber (The Cure en Huancayo)- cuya obra ha dado un salto cualitativo no solo con respecto a su propio trabajo sino al de sus contemporáneos con la novela Ojos de pez abisal, publicada por Bisagra editores.
La novela comienza en la estación de Kioto y termina en la casa de en un pueblo de nombre andino, cuyo significado en castellano es “Descansa ya”. Entre el bullicio y el extravío de la estación de Kyoto y aquella casa donde el protagonista –apodado Zancudo- puede descansar al fin, transcurre un corte transversal en la vida del personaje central que es, al mismo tiempo, un tajo en la vida del país durante los años 80, los llamados “años de la violencia política”, que tanta literatura (buena y mala, pero siempre interesante) ha originado durante la última década. La historia de Zancudo es una novela de aprendizaje, la trama de un joven que debe enfrentarse a los pendientes de todos los muchachos de su edad: estudiar, enamorarse de imposibles y afirmar el valor de la amistad; así como debe enfrentarse también a las ocurrencias específicas de esos años en Huancayo y Huancavelica, donde sucede parte de la novela. Es decir, al terror.
A diferencia de otras novelas que retratan la violencia política desde una perspectiva de primera mano, desde el interior y no una recreación posterior (es decir, cuyos personajes son testigos presenciales y viven esa violencia cotidianamente), Ulises Gutiérrez muestra la existencia en dos polos de esos años. Hay violencia, hay muertes, hay terror y existe sobre todo esa sensación de que no puede confiarse en nadie (terroristas, policías, todos son escollos y amenazas); pero también hay esperanza, fe, hay vida social, hay necesidad de crecer y de educarse. Y en especial existe la música. Y no se trata solo de previsibles huaynos sino de rock. Y más específicamente, rock progresivo. Una música que podría parecer poco adecuada para las alturas andinas y peor aun, para narrar una novela que cuenta sucesos dramáticos como los que narra Ojos de pez abisal pero que, al fin ya al cabo, en la novela cobra una autoridad impresionante hasta convertirse en un personaje más, una constante a través de la cual podemos seguir el devenir de Zancudo desde que es un niño hacia su madurez. En una de las primeras escenas, Zancudo y su amigo Cayo –los dos amigos que luego se reencontrarán en la estación de Kyoto- son detenidos por un camión del ejército cuando pretenden regresar de la Sierra hacia Lima, para seguir con sus estudios universitarios. Cuando les piden la Libreta Militar, Zancudo tiene problemas: está calificado como “apto”, así que será detenido para ir a un cuartel y luchar contra los terroristas. Un tercer amigo aparece en escena y, cuando todo parece estar perdido, consigue liberar a Zancudo y a Cayo gracias a un cassette de rock progresivo (y en especial una canción de Supertramp) que el capitán del ejército reconoce. “Los terrucos no escuchan buena música” dice el militar y los suelta. La escena en sí parece arbitraria e inverosímil, desde luego. ¿Un milico seducido por Supertramp libera a los protagonistas? ¿Es eso serio o real? No sé si es serio o real, pero sí que en el mundo de Ojos de pez abisal y en el de Ulises Gutiérrez, es absolutamente verosímil. Aquel mundo no está dividido entre el drama del terror andino y la ligereza con que asumíamos la vida los de la ciudad, como creen muchos, sino que es un mundo cruzado, un intervalo, donde ambas posibilidades coexisten. El asesinato de un hermano a manos de la violencia y el ingenuo primer amor a una muchacha del pueblo, interrumpido por la familia en un remake de Romeo y Julieta, ambas cosas, al igual que el Mundial de fútbol 2002 y un viaje por el Japón, coexisten en la novela, se entrelazan, al tiempo que saltamos del presente al pasado, del recordar al existir.
La idea de vengar la muerte de su hermano de Zancudo es persistente, al igual que el recuerdo del mundo andino, pero no es un lastre de la novela sino un motor que lo dirige hacia su núcleo: la necesidad de hallar un lugar que le pertenezca. Porque Zancudo, al igual que muchos peruanos de entonces, no tiene un lugar real, no pertenece a ningún bando, no es terrorista ni andino ni criollo ni pituco. Solo es un chico más que experimenta el amor y la muerte, que estudia y viaja al Japón pero también por el mundo andino, tratando de encontrar en medio de la oscuridad (como la metáfora del pez abisal que titula la novela lo sugiere) su propio camino, su lugar en el mundo, su identidad. La vinculación con el universo arguediano es obvia en el capítulo final del libro, que bien podría ser incluido como anexo contemporáneo en La utopía arcaica de Mario Vargas Llosa. Ulises Gutiérrez también idealiza el mundo andino y aquel lugar que Zancudo encuentra, aquel donde consigue una identidad, está vinculado a la ciudad de Samara, que significa “descansa ya”, ciudad a la que llega de visita pero donde una “mamacha” no le permite establecerse a un hotel sino que lo aloja en su propia casa porque simbólicamente ya no está de tránsito, sino que es un hombre que ha llegado a su destino. Cabe añadir que, en actitud postmoderna, Gutiérrez arma su libro con emails, cartas y en fin, una serie de discursos no literarios que funcionan como informaciones que se nos otorgan sin el filtro del narrador. Al estilo Manuel Puig, Ulises también parece decirnos que las novelas no las cuenta nadie, sino que se cuentan solas, porque en ellas no se habla de lo que se debe decir (el autoritarismo de un narrador que Puig abolió) sino de lo que se dice, simplemente. Un salto cualitativo más en la literatura de la violencia política peruana, pues al fin vemos que la frágil cáscara ideológica se quiebra para dar paso a la auténtica sensación de desamparo, de no entendimiento, de recoger sus propios pasos y armar el rompecabezas que reconstruye esos años tan difíciles no para complacer a antropólogos ni críticos literarios sino para retratar una época donde escuchar Supertramp y vivir amoríos y amistades, en escenarios andinos o urbanos, mientras el terror nos respira en la nuca, no es una contradicción ni una ligereza sino un método de supervivencia. O, para decirlo sin tanto dramatismo, una forma de vivir, crecer y aprender como cualquier otra.
